
Al llegar al lugar, el cual posee una muy
buena reputación entre los amantes del sushi, fui ayudado por mi acompañante
para escoger lo que iba a degustar, hasta ahí todo estaba bien, pocos minutos después
llegó la comida, aquello se veía interesante, la forma de los rollitos rellenos
llama mucho la atención; sin embargo al probarlos no pude soportar su sabor,
para mi fue completamente desagradable, hubiese preferido la comida mas insípida
del mundo en lugar de aquel extraño sabor, probé un rollito mas del otro plato que
había ordenado y que era de otra especialidad y tampoco me gusto, probé con la
mostaza, con la salsa de soya, con las hojitas que acompañan los rollos pero
nada logro agradarme, para no hacer larga la historia esa noche termine cenando
una Coca-Cola y una hamburguesa de $0.99 ctvs de un lugar de comida rápida con
la promesa de mi acompañante de no volverme a llevar a dicho lugar.
Lo
anterior me llevó a pensar en como lo que a una persona le parece completamente
delicioso (lo digo tanto por el testimonio de la persona que estaba a mi lado
esa noche como la de muchos amigos mas que recomiendan dichos platos) a otra le
pude llegar a no gustar tanto al punto de convertirse quizás en una molestia,
sin duda Dios nos hizo a cada uno de una forma muy diferente y especial.
La palabra de Dios nos dice en Romanos
14:13: “Así que, ya no nos juzguemos más
los unos a los otros, sino más bien decidid no poner tropiezo u ocasión de caer
al hermano.” Y es que muchas veces (y de esto doy testimonio de haberlo
visto y vivido personalmente) lo que a uno de nosotros puede parecer “bueno” y
hasta “edificante” para su vida espiritual a otro de nuestros hermanos puede
llegar a figurarle una completa blasfemia, algo desprovisto de todo orden y
aprobación divina.
No se si ustedes lo han notado pero hoy en
día en las iglesias y congregaciones cristianas hay tal diversidad de personas que
la conversación al final de las reuniones ya no es lo inspirado del mensaje,
sino el peinado del nuevo integrante del grupo musical, la nueva alabanza que
parece muy rockera, la corbata demasiado psicodélica del pastor, el vestido demasiado
entallado de la servidora, etcétera; si nos detenemos a pensar, esto no es muestra
de una verdadera comunión sino más bien de carnalidad, no sólo de aquel que
critica sino también de aquel que con su peinado, corbata, vestido o gusto
musical propicia la ocasión perfecta para que su hermano murmure contra él.
Cuando comprendemos lo que el apóstol Pablo
nos dice en el capitulo 14 del libro de Romanos vemos que esto es un tema que
en hoy en día va aún mas allá de la comida e involucra todo tipo de gustos y
predilecciones personales, lo trascendental del asusto recae en lo dicho en los
versículos 7 y 8: “Porque ninguno de
nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí. Pues si vivimos, para el Señor
vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que
muramos, del Señor somos.” Si reconocemos que nuestra vida entera
(inclusive nuestros propios gustos personales en cuanto a ropa, música, comida,
etc.) ya no nos pertenece a nosotros mismos sino a Cristo y por consecuencia a
nuestros hermanos en virtud del testimonio, podemos concluir que ya no interesa
lo que nos agrada a nosotros sino lo que hace bien a los demás; de nada sirve
levantar el animo de un hermano con una palabra de aliento o llenar su vida de
nuevas esperanzas a través de la predicación cuando lo restante de nuestras
vidas les produce tal malestar que llegan a olvidar la consejería o predicación
que les damos.
Muchas veces, así como con la comida no es
cuestión de lo bueno o malo del plato sino, del gusto del comensal, nuestras
pequeñas disputas en las iglesias no obedecen a lo que es o no bíblico, sino a
simples gustos personales, es decir a aquello que a nosotros nos parece es “la
forma correcta de hacer las cosas”, pero cuando sacrificamos nuestros propios
gustos y nos abstenemos de ciertas cosas, no por lo bueno o malo de estas, sino
por amor a nuestros hermanos que no las soportan, entonces estamos cumpliendo
con la voluntad de nuestro Señor y le imitamos en su sacrificio redentor; la
Biblia dice en Filipenses capitulo 2:“ Nada
hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada
uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo
propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya, pues, en vosotros
este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios,
no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a
sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en
la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la
muerte, y muerte de cruz.”
Si
en realidad somos hijos de Dios engendrados en Cristo por su amor y hechos
salvos por el sacrificio en la cruz, el negarnos a nosotros mismo se vuelve no
una opción sino un mandato divino mediante el cual demostramos nuestro amor
hacia Él; alejarnos cada vez mas de nuestro propio “yo” nos llevara siempre un
paso mas cerca del carácter de Cristo que tanto anhelamos alcanzar.
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